En busca del universal lingüístico perdido

Decir que plantearse el lenguaje como objeto de estudio es uno de los retos más colosales desde un punto de vista intelectual, no es decir gran cosa. Ha sido objeto de fascinación desde los tiempos de los primeros pensadores documentados y lo seguirá siendo, sin ninguna duda, en el futuro, dado el limitado nivel de comprensión que tenemos de él hoy en día. Las preguntas siguen siendo muchas y la certeza en las respuestas no deja de ser provisional en muchos casos. Es verdad que todo depende de la perspectiva desde la que nos acerquemos a su estudio. Hay algunas que son meramente descriptivas, mientras que hay otras que son necesariamente especulativas y, por tanto, sujetas a la controversia.

Puesto que ocupa un lugar central en la actividad humana, la variedad de subdisciplinas que se ocupan del lenguaje es difícilmente abarcable con un mínimo de conocimiento, incluso para aquellos que nos dedicamos a él. La especialización, por tanto, se hace inevitable, aunque esta lleve demasiado frecuentemente al absurdo de la ininteligibilidad. La lingüística participa de los cánones académicos comunes a otras áreas de conocimiento, así que habrá que consolarse con la idea de que la dificultad y hasta la oscuridad no son algo exclusivo de las ciencias del lenguaje.

La divulgación (vulgarización o popularización) parece una buena forma de romper con esa dinámica diabólica tendente a lo jeroglífico, si bien el precio a pagar es la falta de rigor y un más que probable reduccionismo. Un ejemplo de divulgación, y de todo lo que conlleva, son las charlas TED. También las hay sobre lingüística. En una de ellas, Edward Gibson habla sobre la configuración del lenguaje. Su tesis es simple: el diseño del lenguaje humano responde a pautas de eficiencia en su uso. Este investigador se interesa por la forma en la que las personas procesamos y representamos el lenguaje. Para llegar a la conclusión de que el diseño lingüístico se caracteriza por su eficiencia comunicativa, se basa en tres ideas:

(1) la longitud de las palabras está en relación con su frecuencia y el contexto;

(2) el orden de las palabras y la distancia entre palabras dependientes en una misma oración se establecen en función de la capacidad memorística humana y, en concreto, de aquella forma que requiera un esfuerzo cognitivo menor;

(3) el tipo de orden de los elementos de la oración en una lengua condiciona la existencia del procedimiento morfológico de la declinación.

Aunque lo anterior no suena a especialmente novedoso ni tampoco queda claro si debería ser sorprendente o no (2’16’’), Gibson se apresura a marcar distancias con lo que denomina old linguistics literature. Puede que, según se dice en la descripción del vídeo, su formación en matemáticas y en computación tenga algo que ver con este posicionamiento. Sin embargo, en donde sí se muestra cauto es a la hora de calificar sus hallazgos: habla de candidatos a universal interlingüístico.

No es una novedad tratar de resaltar las similitudes entre idiomas más que sus diferencias. Ahí está el famoso (y poco afortunado) pasaje en el que Chomsky dice que unos hipotéticos científicos marcianos concluirían que, más allá de diferencias léxicas, los terrícolas hablamos una sola lengua. Para Gibson, el nexo de unión entre las diferentes lenguas está a medio camino entre su estructura y su uso.

A veces me pregunto si tiene del todo sentido continuar con la búsqueda incesante de patrones interlingüísticos, cuando la diversidad en todos los niveles de organización lingüística es tan apabullante. Quizás no podamos llegar mucho más allá de establecer unos límites que el caos lingüístico no sobrepasa. Ya en la década de los 60, Greenberg estableció una lista de 45 universales lingüísticos. Los hay que todavía generan ávidos debates, como es la recursividad de la lengua pirahã. También hay propuestas, a modo de una tercera vía, que asocian el desarrollo de las lenguas a la evolución cultural y se distancian del determinismo biológico. No obstante, lo que es más problemático y hasta preocupante, desde mi punto de vista, es la evidencia de la que se dispone para hacer algunos de estos asertos universales.

En un importante artículo de finales de los 90, Klein situaba a la adquisición de lenguas segundas en el mapa de las disciplinas lingüísticas y reivindicaba su estatuto científico. Para apoyar sus argumentos, arremetía contra la tipología lingüística y algunos de sus supuestos universales del lenguaje. En concreto, se refiere también (como Gibson, pero en sentido contrario) al orden de las palabras que presentan las lenguas:

It is most impressive to see an author say something about 500 languages, but this is still a little share of the world’s languages, about 10% perhaps. It could be that these 10% are representative, but who would dare to say so without having had a more than casual look at the other 90%?

Aun admitiendo que es imposible tomar en consideración a todas las lenguas, parece claro que la representatividad de la muestra es importante para la validez de la aserción. Volvamos a la presentación anterior: para la primera de sus regularidades (1), Gibson se basó en 13 idiomas; para la segunda (2), en 37. No parece demasiado representativo cuando el número de lenguas es superior a 6000. Para la tercera (3), habla de porcentajes: las lenguas con el verbo en posición final de la frase presentan casos marcados morfológicamente en un 70% de la muestra, por lo que no llega a las ¾ partes de representatividad; por su parte, para las lenguas que tienen el verbo en posición media, la mayoría no tiene marcas morfológicas de caso. Se entiende que una minoría indeterminada no cumple ese patrón.

De nuevo, es cierto que Gibson se cuida al denominarlos candidatos a universal lingüístico, pero su intención es hablar de regularidades con sentido totalizador. ¿Cómo se puede ni siquiera hablar de candidatos si hay, por ejemplo, un 30% de las lenguas con verbo final que no cumple esa supuesta regularidad? En lo que respecta a los idiomas con verbo en posición media, quedarían fuera de este patrón de eficiencia el finlandés, el guaraní, el hebreo y las lenguas eslavas, entre otros.

En definitiva, estos hallazgos son un extraño candidato a universal lingüístico de la eficiencia comunicativa. Se podrá decir que esta anomalía se debe a la vulgarización de una investigación sobre el lenguaje o puede que sea por la pretensión desmedida por el impacto de los resultados obtenidos. Para mí la razón está clara: unos estándares empíricos insuficientes. Mientras que uno de sus efectos es no cumplir con unos criterios serios de investigación (aunque sea solo por una cuestión de validez, representatividad, alcance, generalización…), su consecuencia puede ser la degradación del estatuto científico de las ciencias del lenguaje.

Volveré sobre otro ejemplo de imprecisión, en este caso referido al supuesto carácter no lineal del lenguaje.

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