Brexit y lengua franca en Europa

A principios de mes, Jean-Claude Juncker hacía unas declaraciones pensadas más en los titulares de prensa que en el verdadero alcance de su literalidad. Al menos en lo lingüístico. Con el ánimo de crear una polémica contenida en los inicios de la negociación del Brexit, optó por una fina ironía cargada tanto de significado simbólico como de sutileza diplomática:

“I will express myself in French because (seis segundos de aplausos), because slowly but surely English is losing importance in Europe (dos-tres segundos de risas)…”

Hasta aquí el titular propiamente dicho. Lo que sigue después es la salvaguardia del negociador responsable que muestra un talante más apaciguador:

“…and then (otros seis segundos de aplausos) and then, the French will have elections on next Sunday and I would like them to understand what I am saying about Europe”.

Esta segunda justificación de la elección del idioma de su discurso no deja en un buen lugar a la competencia en lenguas extranjeras de los franceses. Juncker es luxemburgués, no francés.

Efectivamente, como se dijo después de conocer el resultado del referéndum en el Reino Unido, en la Unión Europea se podía dar la paradoja de que el inglés, el idioma hegemónico, no tuviera un país miembro que lo representara. Fueron, fundamentalmente, personalidades francesas las que se apresuraron a dar cuenta de la anomalía que suponía la nueva realidad. El inglés es uno de los idiomas oficiales en Irlanda y Malta, pero estos países notificaron el irlandés y el maltés como sus lenguas oficiales en la Unión. Parece ser que, con la salida del Reino Unido, para mantener el inglés como lengua oficial (y quizás también para eliminarlo) habría que modificar el reglamento y permitir que, por ejemplo, Irlanda tenga representadas sus dos lenguas. El organismo encargado es el Consejo de Ministros y requiere unanimidad de voto. Pero la cuestión es: ¿a quién le interesa que el inglés no sea oficial?

Las lenguas de trabajo en la UE son las 24 oficiales, pero a efectos prácticos solo hay tres: inglés, francés y alemán. Sin embargo, su presencia es muy desigual. El inglés es, con gran diferencia, el idioma más usado, por lo que este pluralismo se queda en lo teórico. Respecto al francés, cuenta con la ventaja de ser lengua oficial en las tres ciudades con centros políticos de la Unión (Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo), con el recuerdo de sus buenos tiempos como lengua internacional y con los defensores acérrimos de su carácter global hoy en día. Respecto al alemán, su argumento de mayor peso es que es la lengua europea que cuenta con más hablantes nativos y que, descartando el inglés, tiene un mayor peso demográfico como lengua primera y adicional.

Dando por buena la hipótesis de que el inglés desapareciera de las instituciones, la elección de una de las dos otras como lengua principal tendría consecuencias importantes en la configuración de la denominada nueva Europa. Claro está, no tiene por qué haber una sola lengua de trabajo, pero habrá una dominante inevitablemente, como ha ocurrido hasta ahora.

Como suele suceder en el ámbito de la política lingüística, aquí también lo político prevalece sobre lo lingüístico. Parece difícil que el sur de Europa aceptara de buena gana que la hegemonía de Alemania en lo económico y político se extendiera también a lo lingüístico. Francia podría negociar con fuerza en favor de su idioma para contrarrestar el peso de su rival interno alemán. Alemania, aunque se ha quejado formalmente por la poca presencia del alemán en la Unión, parece más pendiente de mantener su superávit e imponer sus directrices económicas que de abrir un nuevo frente de discordia. Así las cosas, las razones meramente lingüísticas de esta hipotética elección quedarían desvirtuadas, a excepción del grado de cercanía del francés con las lenguas romances del sur de Europa y del alemán con el resto de lenguas de origen germánico del norte. La división norte-sur, de nuevo presente.

No sé hasta qué punto la UE se puede permitir un debate sereno teniendo en cuenta el periodo de incertidumbre política por el que pasa y, especialmente, por la magnífica capacidad divisoria a la que se prestan las discusiones de política lingüística. Pero, sobre todo, no veo la necesidad de tener que cambiar nada.

Volvamos a la lengua de facto: el inglés. En defensa de sus intereses en la Unión, Irlanda argumentó que esta lengua no es un derecho exclusivo del Reino Unido y que tampoco es su patrimonio. Es bastante razonable, puesto que también lo debería ser de Irlanda y Malta, pero esta idea, al menos en lo del derecho, se puede extender también más allá del ámbito de estos tres países. En realidad, de lo que se trata con la nueva situación tras el Brexit es de romper con el esquema lengua/identidad/nación-estado.

Cuando hablamos del inglés como lengua principal de trabajo, nos referimos a una herramienta de comunicación neutra, es decir, a una lengua vehicular o franca que ha perdido gran parte de la cultura a la que se asocia. Se concibe desde un punto de vista utilitario y, por lo tanto, sin su componente identitario original. El inglés de las instituciones de la UE tiene unos rasgos propios y hasta una denominación: Euro English. De hecho, suelen ser los anglófonos (L1) los que más dificultades tienen para seguir una reunión en inglés como lengua vehicular con hablantes no nativos. En definitiva, a pesar de que el inglés es una enorme industria, principalmente, patrimonio de los países anglosajones, la idoneidad de su uso es reivindicado por nativos y no nativos, lo que lo convierte en un derecho sin límites de exclusividad referidos a la lengua materna.

Hace más de diez años, Van Parijs analizó el reto lingüístico en Europa. Su análisis ha resultado muy certero y tiene plena vigencia tras el Brexit. A diferencia de lo que proponía, el inglés no es la única lengua de trabajo, pero la realidad lingüística es la que ha acabado imponiéndose. Reconoce que hay un punto de injusticia a la hora de elegir un solo idioma como lengua franca –los anglófonos tienen la suerte de que sea su lengua la elegida, aunque cada vez son más conscientes de los riesgos de su tendencia al monolingüismo– pero, en última instancia, las dificultades de tener más de uno lo convierten en la mejor opción:

“We need one, and only one, if we are to be able to work out and implement efficient and fair solutions to our common problems on both European and world scales”.

Juncker es competente en cuatro lenguas, entre ellas el francés y el alemán, dos de los posibles idiomas aspirantes a suceder al inglés en la UE. Tiene la suerte de ser políglota, un privilegio al alcance todavía de una minoría, incluso en la élite europea. Aunque el multilingüismo (“lengua materna + 2”) debe seguir siendo el objetivo de todos, ¿hay alguien que se tome en serio sus palabras respecto al inglés? Alguien podría responder:

“Es la política, estúpido”.

Pues eso.

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Bilingüismo, contextos cambiantes y consideración de la primera lengua

Leo en un artículo sobre bilingüismo que la lengua utilizada en la interacción entre padres e hijo, desde la etapa de desarrollo de su capacidad cognitiva, es única. Lo es, como dicen los autores, por su carga emotiva, puesto que es una parte importante de los recuerdos de la infancia y forja, en buena medida, la personalidad del hablante. También parece que es única desde un punto de vista meramente físico. Los resultados de una investigación reciente muestran que la lengua a la que el niño ha sido expuesto deja una impronta (una marca física) en el cerebro, que no desaparece, aunque el niño cambie de contexto lingüístico, aprenda otras lenguas a una edad temprana o, incluso, aunque olvide la primera lengua a la que estuvo expuesto de forma permanente por otra nueva. Esto último es lo que ocurre en los casos de adopción. Pero, dejando de lado este segundo artículo, a lo que se refieren los autores del primero es al carácter único de la lengua usada en la interacción con los padres por lo complejo e imprevisible de sus consecuencias en el comportamiento lingüístico de la persona adulta.

El caso que ponen como ejemplo es conmovedor: una persona alemana de origen judío fue enviada a Inglaterra cuando tenía 13 años. Después, supo que toda su familia había muerto en los campos de concentración nazis. Para esta hablante de alemán, esta lengua representaba, de alguna forma, todos los terrores y pérdidas que había sufrido en su vida. La primera vez que visitó Alemania después de la guerra, sintió que no podía tolerar la exposición a este idioma, que el mero hecho de escucharlo le causaba desasosiego y malestar físico. Esta sensación de repulsión se mantuvo con ella toda su vida, excepto con una excepción: cuando se convirtió en madre y, después, en abuela, les hablaba y cantaba a los niños en la misma lengua que sus padres habían utilizado cuando ella tenía su misma edad.

A un nivel totalmente diferente, uno de los casos más extraños que conozco en cuanto a afiliaciones y usos lingüísticos es el de dos hermanos rumanos que utilizan el español para hablar entre ellos, a pesar de que el rumano es su lengua materna y fueron escolarizados en una escuela rumana. Sus vidas dan pistas sobre esta elección lingüística, pero la explican solo en parte: su familia dejó Rumanía cuando eran adolescentes. El hermano mayor estudió varios años en una universidad española. El menor aprendió español en la escuela, en Rumanía, pero nunca ha vivido en un país de habla hispana. Vivieron unos años en Marruecos y, finalmente, se trasladaron a Canadá, en donde residen.

La razón del cambio de lengua entre ellos no está motivada por la falta de uso del rumano, puesto que ha sido y sigue siendo la lengua familiar. No parece que sea una cuestión de prestigio: la comunidad rumana en Montreal es numerosa y muy activa culturalmente; además, en un entorno mayoritariamente francófono, la lengua de prestigio sería el francés y no el español. Seguramente, la razón de su elección se deba más bien a causas afectivas y, en especial, al tipo de unión que los hermanos desarrollaron desde que dejaron Rumanía. En cualquier caso, ni ellos mismos fueron capaces de (o quisieron) explicarme el porqué de este cambio.

La falta de un razonamiento claro respecto al comportamiento lingüístico suele ser algo común entre los llamados hablantes de herencia, personas en cuyas familias se habla, a una edad temprana, un idioma diferente al de la sociedad en la que se encuentran. Por ejemplo, suele suceder que un hablante de herencia utilice una lengua con su hermano, pero otra con su hermana, y que no sepa muy bien por qué es así. Simplemente, siempre se han comunicado así. Pero es que en el caso de los hermanos rumanos, no son hablantes de herencia de español: ¡lo aprendieron como L2!

Como ya he dicho, la relación de los hablantes de herencia con sus lenguas también puede ser bastante imprevisible. Hace apenas unas semanas conocí a una adolescente irlandesa de origen africano. El contexto y la conversación giraba en torno a las lenguas, por lo que me contó las lenguas que hablaba (inglés, irlandés y francés) y cómo las había aprendido. Lo curioso vino cuando, después de un rato, admitió que conocía un idioma más, pero no lo había mencionado anteriormente. Era una lengua africana. Se refirió a ella en todo momento como “la lengua de mis padres”. Este detalle, el hecho de que fuera la lengua de sus padres, pero no la considerara como suya, es lo llamativo, porque fue la primera lengua a la que fue expuesta y también en la que dijo sus primeras palabras. En algún momento temprano decidió no utilizarla más y comunicarse solamente en inglés, también con sus padres.

Esta reacción, aunque no tan habitual entre los hablantes de herencia de primera generación, sucede con algunos niños. Al contrario del caso anterior, en este el prestigio de la lengua y la propia percepción de los padres respecto a la lengua familiar pueden tener algo que ver. También lo tendrá, en alguna medida, la política lingüística y cultural del país con los inmigrantes. Irlanda y Canadá presentan casos opuestos. Sin embargo, la manera de explicar la relación de esta adolescente con la lengua hablada por su familia no dejaba lugar a dudas: no era suya ni le pertenecía. Ni siquiera le interesaba hablarla.

Los autores del primer artículo se apoyan en la imprevisibilidad que algunos contextos cambiantes producen en los hablantes para tratar la atrición o pérdida progresiva de una lengua. Más concretamente, presentan la no linealidad del proceso como un rasgo que equipara la atrición a los sistemas dinámicos complejos y a la teoría de la complejidad. Aunque esta analogía pueda ponerse en cuestión (planteo algunas dudas aquí), poco se puede decir en contra del carácter único de nuestra/s primera/s lengua/s. Son los contextos menos convencionales (aunque el incremento de la movilidad transnacional los hace, cada vez, más convencionales) y sus consecuencias a nivel psicológico y psicolingüístico en el hablante los que hacen que el carácter de la primera lengua, además de único, sea imprevisible.