Entrevista en la Universidad de Alcalá – Premio ASELE 2017 de tesis doctoral

Esta es la entrevista que me hicieron en la Universidad de Alcalá tras haber recibido el premio ASELE 2017 de tesis doctoral. En ella abordo algunos temas de mi investigación y, en general, de la formación de profesores de L2. Trataré de complementarla, en el futuro, con entradas en el blog.

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Brexit y lengua franca en Europa

A principios de mes, Jean-Claude Juncker hacía unas declaraciones pensadas más en los titulares de prensa que en el verdadero alcance de su literalidad. Al menos en lo lingüístico. Con el ánimo de crear una polémica contenida en los inicios de la negociación del Brexit, optó por una fina ironía cargada tanto de significado simbólico como de sutileza diplomática:

“I will express myself in French because (seis segundos de aplausos), because slowly but surely English is losing importance in Europe (dos-tres segundos de risas)…”

Hasta aquí el titular propiamente dicho. Lo que sigue después es la salvaguardia del negociador responsable que muestra un talante más apaciguador:

“…and then (otros seis segundos de aplausos) and then, the French will have elections on next Sunday and I would like them to understand what I am saying about Europe”.

Esta segunda justificación de la elección del idioma de su discurso no deja en un buen lugar a la competencia en lenguas extranjeras de los franceses. Juncker es luxemburgués, no francés.

Efectivamente, como se dijo después de conocer el resultado del referéndum en el Reino Unido, en la Unión Europea se podía dar la paradoja de que el inglés, el idioma hegemónico, no tuviera un país miembro que lo representara. Fueron, fundamentalmente, personalidades francesas las que se apresuraron a dar cuenta de la anomalía que suponía la nueva realidad. El inglés es uno de los idiomas oficiales en Irlanda y Malta, pero estos países notificaron el irlandés y el maltés como sus lenguas oficiales en la Unión. Parece ser que, con la salida del Reino Unido, para mantener el inglés como lengua oficial (y quizás también para eliminarlo) habría que modificar el reglamento y permitir que, por ejemplo, Irlanda tenga representadas sus dos lenguas. El organismo encargado es el Consejo de Ministros y requiere unanimidad de voto. Pero la cuestión es: ¿a quién le interesa que el inglés no sea oficial?

Las lenguas de trabajo en la UE son las 24 oficiales, pero a efectos prácticos solo hay tres: inglés, francés y alemán. Sin embargo, su presencia es muy desigual. El inglés es, con gran diferencia, el idioma más usado, por lo que este pluralismo se queda en lo teórico. Respecto al francés, cuenta con la ventaja de ser lengua oficial en las tres ciudades con centros políticos de la Unión (Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo), con el recuerdo de sus buenos tiempos como lengua internacional y con los defensores acérrimos de su carácter global hoy en día. Respecto al alemán, su argumento de mayor peso es que es la lengua europea que cuenta con más hablantes nativos y que, descartando el inglés, tiene un mayor peso demográfico como lengua primera y adicional.

Dando por buena la hipótesis de que el inglés desapareciera de las instituciones, la elección de una de las dos otras como lengua principal tendría consecuencias importantes en la configuración de la denominada nueva Europa. Claro está, no tiene por qué haber una sola lengua de trabajo, pero habrá una dominante inevitablemente, como ha ocurrido hasta ahora.

Como suele suceder en el ámbito de la política lingüística, aquí también lo político prevalece sobre lo lingüístico. Parece difícil que el sur de Europa aceptara de buena gana que la hegemonía de Alemania en lo económico y político se extendiera también a lo lingüístico. Francia podría negociar con fuerza en favor de su idioma para contrarrestar el peso de su rival interno alemán. Alemania, aunque se ha quejado formalmente por la poca presencia del alemán en la Unión, parece más pendiente de mantener su superávit e imponer sus directrices económicas que de abrir un nuevo frente de discordia. Así las cosas, las razones meramente lingüísticas de esta hipotética elección quedarían desvirtuadas, a excepción del grado de cercanía del francés con las lenguas romances del sur de Europa y del alemán con el resto de lenguas de origen germánico del norte. La división norte-sur, de nuevo presente.

No sé hasta qué punto la UE se puede permitir un debate sereno teniendo en cuenta el periodo de incertidumbre política por el que pasa y, especialmente, por la magnífica capacidad divisoria a la que se prestan las discusiones de política lingüística. Pero, sobre todo, no veo la necesidad de tener que cambiar nada.

Volvamos a la lengua de facto: el inglés. En defensa de sus intereses en la Unión, Irlanda argumentó que esta lengua no es un derecho exclusivo del Reino Unido y que tampoco es su patrimonio. Es bastante razonable, puesto que también lo debería ser de Irlanda y Malta, pero esta idea, al menos en lo del derecho, se puede extender también más allá del ámbito de estos tres países. En realidad, de lo que se trata con la nueva situación tras el Brexit es de romper con el esquema lengua/identidad/nación-estado.

Cuando hablamos del inglés como lengua principal de trabajo, nos referimos a una herramienta de comunicación neutra, es decir, a una lengua vehicular o franca que ha perdido gran parte de la cultura a la que se asocia. Se concibe desde un punto de vista utilitario y, por lo tanto, sin su componente identitario original. El inglés de las instituciones de la UE tiene unos rasgos propios y hasta una denominación: Euro English. De hecho, suelen ser los anglófonos (L1) los que más dificultades tienen para seguir una reunión en inglés como lengua vehicular con hablantes no nativos. En definitiva, a pesar de que el inglés es una enorme industria, principalmente, patrimonio de los países anglosajones, la idoneidad de su uso es reivindicado por nativos y no nativos, lo que lo convierte en un derecho sin límites de exclusividad referidos a la lengua materna.

Hace más de diez años, Van Parijs analizó el reto lingüístico en Europa. Su análisis ha resultado muy certero y tiene plena vigencia tras el Brexit. A diferencia de lo que proponía, el inglés no es la única lengua de trabajo, pero la realidad lingüística es la que ha acabado imponiéndose. Reconoce que hay un punto de injusticia a la hora de elegir un solo idioma como lengua franca –los anglófonos tienen la suerte de que sea su lengua la elegida, aunque cada vez son más conscientes de los riesgos de su tendencia al monolingüismo– pero, en última instancia, las dificultades de tener más de uno lo convierten en la mejor opción:

“We need one, and only one, if we are to be able to work out and implement efficient and fair solutions to our common problems on both European and world scales”.

Juncker es competente en cuatro lenguas, entre ellas el francés y el alemán, dos de los posibles idiomas aspirantes a suceder al inglés en la UE. Tiene la suerte de ser políglota, un privilegio al alcance todavía de una minoría, incluso en la élite europea. Aunque el multilingüismo (“lengua materna + 2”) debe seguir siendo el objetivo de todos, ¿hay alguien que se tome en serio sus palabras respecto al inglés? Alguien podría responder:

“Es la política, estúpido”.

Pues eso.

Bilingüismo, contextos cambiantes y consideración de la primera lengua

Leo en un artículo sobre bilingüismo que la lengua utilizada en la interacción entre padres e hijo, desde la etapa de desarrollo de su capacidad cognitiva, es única. Lo es, como dicen los autores, por su carga emotiva, puesto que es una parte importante de los recuerdos de la infancia y forja, en buena medida, la personalidad del hablante. También parece que es única desde un punto de vista meramente físico. Los resultados de una investigación reciente muestran que la lengua a la que el niño ha sido expuesto deja una impronta (una marca física) en el cerebro, que no desaparece, aunque el niño cambie de contexto lingüístico, aprenda otras lenguas a una edad temprana o, incluso, aunque olvide la primera lengua a la que estuvo expuesto de forma permanente por otra nueva. Esto último es lo que ocurre en los casos de adopción. Pero, dejando de lado este segundo artículo, a lo que se refieren los autores del primero es al carácter único de la lengua usada en la interacción con los padres por lo complejo e imprevisible de sus consecuencias en el comportamiento lingüístico de la persona adulta.

El caso que ponen como ejemplo es conmovedor: una persona alemana de origen judío fue enviada a Inglaterra cuando tenía 13 años. Después, supo que toda su familia había muerto en los campos de concentración nazis. Para esta hablante de alemán, esta lengua representaba, de alguna forma, todos los terrores y pérdidas que había sufrido en su vida. La primera vez que visitó Alemania después de la guerra, sintió que no podía tolerar la exposición a este idioma, que el mero hecho de escucharlo le causaba desasosiego y malestar físico. Esta sensación de repulsión se mantuvo con ella toda su vida, excepto con una excepción: cuando se convirtió en madre y, después, en abuela, les hablaba y cantaba a los niños en la misma lengua que sus padres habían utilizado cuando ella tenía su misma edad.

A un nivel totalmente diferente, uno de los casos más extraños que conozco en cuanto a afiliaciones y usos lingüísticos es el de dos hermanos rumanos que utilizan el español para hablar entre ellos, a pesar de que el rumano es su lengua materna y fueron escolarizados en una escuela rumana. Sus vidas dan pistas sobre esta elección lingüística, pero la explican solo en parte: su familia dejó Rumanía cuando eran adolescentes. El hermano mayor estudió varios años en una universidad española. El menor aprendió español en la escuela, en Rumanía, pero nunca ha vivido en un país de habla hispana. Vivieron unos años en Marruecos y, finalmente, se trasladaron a Canadá, en donde residen.

La razón del cambio de lengua entre ellos no está motivada por la falta de uso del rumano, puesto que ha sido y sigue siendo la lengua familiar. No parece que sea una cuestión de prestigio: la comunidad rumana en Montreal es numerosa y muy activa culturalmente; además, en un entorno mayoritariamente francófono, la lengua de prestigio sería el francés y no el español. Seguramente, la razón de su elección se deba más bien a causas afectivas y, en especial, al tipo de unión que los hermanos desarrollaron desde que dejaron Rumanía. En cualquier caso, ni ellos mismos fueron capaces de (o quisieron) explicarme el porqué de este cambio.

La falta de un razonamiento claro respecto al comportamiento lingüístico suele ser algo común entre los llamados hablantes de herencia, personas en cuyas familias se habla, a una edad temprana, un idioma diferente al de la sociedad en la que se encuentran. Por ejemplo, suele suceder que un hablante de herencia utilice una lengua con su hermano, pero otra con su hermana, y que no sepa muy bien por qué es así. Simplemente, siempre se han comunicado así. Pero es que en el caso de los hermanos rumanos, no son hablantes de herencia de español: ¡lo aprendieron como L2!

Como ya he dicho, la relación de los hablantes de herencia con sus lenguas también puede ser bastante imprevisible. Hace apenas unas semanas conocí a una adolescente irlandesa de origen africano. El contexto y la conversación giraba en torno a las lenguas, por lo que me contó las lenguas que hablaba (inglés, irlandés y francés) y cómo las había aprendido. Lo curioso vino cuando, después de un rato, admitió que conocía un idioma más, pero no lo había mencionado anteriormente. Era una lengua africana. Se refirió a ella en todo momento como “la lengua de mis padres”. Este detalle, el hecho de que fuera la lengua de sus padres, pero no la considerara como suya, es lo llamativo, porque fue la primera lengua a la que fue expuesta y también en la que dijo sus primeras palabras. En algún momento temprano decidió no utilizarla más y comunicarse solamente en inglés, también con sus padres.

Esta reacción, aunque no tan habitual entre los hablantes de herencia de primera generación, sucede con algunos niños. Al contrario del caso anterior, en este el prestigio de la lengua y la propia percepción de los padres respecto a la lengua familiar pueden tener algo que ver. También lo tendrá, en alguna medida, la política lingüística y cultural del país con los inmigrantes. Irlanda y Canadá presentan casos opuestos. Sin embargo, la manera de explicar la relación de esta adolescente con la lengua hablada por su familia no dejaba lugar a dudas: no era suya ni le pertenecía. Ni siquiera le interesaba hablarla.

Los autores del primer artículo se apoyan en la imprevisibilidad que algunos contextos cambiantes producen en los hablantes para tratar la atrición o pérdida progresiva de una lengua. Más concretamente, presentan la no linealidad del proceso como un rasgo que equipara la atrición a los sistemas dinámicos complejos y a la teoría de la complejidad. Aunque esta analogía pueda ponerse en cuestión (planteo algunas dudas aquí), poco se puede decir en contra del carácter único de nuestra/s primera/s lengua/s. Son los contextos menos convencionales (aunque el incremento de la movilidad transnacional los hace, cada vez, más convencionales) y sus consecuencias a nivel psicológico y psicolingüístico en el hablante los que hacen que el carácter de la primera lengua, además de único, sea imprevisible.

Algunas notas (lingüísticas) a la película ‘La llegada’ – Arrival

 

El mero hecho de hablar sobre extraterrestres es ya, de por sí, hacer ciencia ficción. Tratar de hacerlo de forma razonada, coherente y verosímil es muy complicado; esto es una obviedad, pero sirve para dejar constancia de que lo que sigue no es más que un ejercicio de abstracción lingüística.

La película prometía. No es habitual que el lenguaje tenga un lugar tan destacado en el argumento de una película. A decir de algunos comentarios en la red, por fin se hacía justicia a una profesión tan ignorada y hasta denostada como la del lingüista. Pobres de nosotros, que tenemos que aguantar la incomprensión de preguntas como y tú, ¿qué es lo que haces exactamente? ¿Eso para qué sirve? Hablarás muchas lenguas, ¿verdad? A mí, sinceramente, no me molesta.

Pues bien, como suele ocurrir cuando las expectativas son altas, en mi opinión, el resultado fue desigual, tanto en lo lingüístico como en lo cinematográfico. Eso sí, los comentarios de lingüistas y críticos que he podido leer han sido, en general, positivos. En cualquier caso, lo más llamativo para mí, sin duda, fue reconocer desde un cine de Dublín, al principio de la película, el edificio de la facultad de artes y ciencias de la Université de Montréal en donde se encontraba mi oficina. Desde luego, es casualidad que eligieran esa universidad para la ambientación de la parte académica de la película y, teniendo en cuenta que es inmensa (su extensión ocupa casi tres paradas de metro), lo es todavía más que se centraran, precisamente, en esa mole de edificio de estilo brutalista en la que pasé los últimos tres cursos académicos. Fue la primera sensación extraña.

Volviendo al tema, hay que reconocer que, para que el argumento de una obra de ficción con extraterrestres tenga recorrido, se debe asegurar que se produzca la comunicación con los humanos. Es una necesidad del guion porque, de lo contrario, no habría historia que contar. Eso es lo que pasa en esta película, aunque sea in extremis, como cuando uno de los símbolos de los visitantes puede interpretarse como arma o herramienta. Importante matiz para su desenlace. Sin embargo, a pesar del imaginario popular, nada dice que la comunicación con la vida inteligente extraterrestre sea factible. Para dar con una posible explicación a la hipótesis de la imposibilidad para comunicarse con el mundo alienígena, debemos detenernos a analizar algunos tipos de comunicación en nuestro planeta.

Hay que reconocer que hablar del lenguaje de los animales es un tema espinoso, puesto que no existe un consenso sobre su verdadero alcance. ¿Se puede hablar de sintaxis? La idea más extendida es que no, pero algunos estudios dejan la puerta abierta a una proto-sintaxis. Por tanto, limitémonos a hablar de comunicación entre animales y a referirnos a ella como una mera transmisión de información. Esta es una definición lo suficientemente amplia como para incluir a los organismos vivos, en general, y hasta ajustarse al tipo de comunicación tecnológica como, por ejemplo, la de un GPS con su satélite.

Las formas de comunicación de diferentes especies pueden ser complejas. En nuestro caso, lo más importante es resaltar que no se limitan a la vocalización, al igual de lo que ocurre en la película. Las hormigas, por ejemplo, se comunican entre ellas a través de rastros químicos y feromonas. Más conocido es el baile electrizante de las abejas para indicar dónde se encuentran las flores con néctar. Otro buen ejemplo son los delfines. Su modo de comunicación es fascinante; se compone de contacto físico, signos visuales, posturas y hasta vocalización. Sin embargo, lo más interesante no es tanto su lenguaje propiamente dicho (que, aunque complejo, sigue estando muy lejos del humano), como nuestra incapacidad para comprenderlo completamente a pesar de las décadas empleadas a la investigación de estos cetáceos. Así pues, si un tipo de comunicación tan relativamente simple, como la de los delfines, nos puede resultar problemática, ¿seríamos realmente capaces de descifrar un lenguaje inteligente de otro planeta?

En La llegada’, los extraterrestres se expresan a través de sonidos e imágenes. No sabemos si los sonidos que emiten son algún tipo de forma de comunicación. Eso, simplemente, queda fuera del foco de atención del guion (al contrario de en la película Close encounters of the third kind). En cambio, los símbolos en forma de círculos que esculpen en el aire, aun formando parte de un código diferente, sí tienen significado y son interpretables. Por consiguiente, los humanos y los alienígenas comparten en esta película, no ya rasgos del lenguaje humano (discreticidad, productividad, semanticidad, etc.), que también, sino de percepción sensorial.

Volviendo al ejemplo de los animales, el sentido de la vista o localización muestra una gran variedad en sus formas: el radar para los murciélagos, los infrarrojos para las serpientes pitón indias, la luz polarizada para las abejas, etc. Desde luego, el lenguaje humano es más sofisticado porque necesita comunicar información mucho más compleja, pero parece puramente casual que los humanos y los extraterrestres tengamos tanto en común, en esta película, a la hora de percibir los mensajes. ¿Por qué debería ser una comunicación sensorial? ¿No podría haber otros canales de transmisión de información como, por decir algo, diferentes estados de conciencia? ¿Y si, simplemente, la comunicación fuera imposible?

Todavía sería menos probable compartir con los extraterrestres el procesamiento de la información, la interpretación del mensaje y, en última instancia, los procesos cognitivos implicados en el pensamiento, aunque siga sin estar del todo clara la relación entre lenguaje y pensamiento. La presentación de esta parte de la película (elementos biográficos, tiempo no lineal, valores femeninos, etc.) me parece muy confusa, si bien el argumento es plenamente efectista: la protagonista llega a conectar con la forma de pensar de los extraterrestres conforme va aprendiendo su lengua y por su conocimiento lingüístico, es decir, porque parece que logra poner en práctica la teoría de Sapir-Whorf, según la cual la percepción de la realidad está relacionada con las características de la lengua que uno habla.

En definitiva, la invención lingüística de La llegada’ se parece demasiado a la definición del lenguaje humano y a todo lo que comporta: un conjunto arbitrario de signos organizados en una gramática cuyos componentes (limitados) tienen la capacidad de combinarse a través de reglas y crear y comunicar significado (ilimitado). Será por exigencias del guion, pero el aspecto lingüístico de esta película me resulta demasiado anodino.

En busca del universal lingüístico perdido

Decir que plantearse el lenguaje como objeto de estudio es uno de los retos más colosales desde un punto de vista intelectual, no es decir gran cosa. Ha sido objeto de fascinación desde los tiempos de los primeros pensadores documentados y lo seguirá siendo, sin ninguna duda, en el futuro, dado el limitado nivel de comprensión que tenemos de él hoy en día. Las preguntas siguen siendo muchas y la certeza en las respuestas no deja de ser provisional en muchos casos. Es verdad que todo depende de la perspectiva desde la que nos acerquemos a su estudio. Hay algunas que son meramente descriptivas, mientras que hay otras que son necesariamente especulativas y, por tanto, sujetas a la controversia.

Puesto que ocupa un lugar central en la actividad humana, la variedad de subdisciplinas que se ocupan del lenguaje es difícilmente abarcable con un mínimo de conocimiento, incluso para aquellos que nos dedicamos a él. La especialización, por tanto, se hace inevitable, aunque esta lleve demasiado frecuentemente al absurdo de la ininteligibilidad. La lingüística participa de los cánones académicos comunes a otras áreas de conocimiento, así que habrá que consolarse con la idea de que la dificultad y hasta la oscuridad no son algo exclusivo de las ciencias del lenguaje.

La divulgación (vulgarización o popularización) parece una buena forma de romper con esa dinámica diabólica tendente a lo jeroglífico, si bien el precio a pagar es la falta de rigor y un más que probable reduccionismo. Un ejemplo de divulgación, y de todo lo que conlleva, son las charlas TED. También las hay sobre lingüística. En una de ellas, Edward Gibson habla sobre la configuración del lenguaje. Su tesis es simple: el diseño del lenguaje humano responde a pautas de eficiencia en su uso. Este investigador se interesa por la forma en la que las personas procesamos y representamos el lenguaje. Para llegar a la conclusión de que el diseño lingüístico se caracteriza por su eficiencia comunicativa, se basa en tres ideas:

(1) la longitud de las palabras está en relación con su frecuencia y el contexto;

(2) el orden de las palabras y la distancia entre palabras dependientes en una misma oración se establecen en función de la capacidad memorística humana y, en concreto, de aquella forma que requiera un esfuerzo cognitivo menor;

(3) el tipo de orden de los elementos de la oración en una lengua condiciona la existencia del procedimiento morfológico de la declinación.

Aunque lo anterior no suena a especialmente novedoso ni tampoco queda claro si debería ser sorprendente o no (2’16’’), Gibson se apresura a marcar distancias con lo que denomina old linguistics literature. Puede que, según se dice en la descripción del vídeo, su formación en matemáticas y en computación tenga algo que ver con este posicionamiento. Sin embargo, en donde sí se muestra cauto es a la hora de calificar sus hallazgos: habla de candidatos a universal interlingüístico.

No es una novedad tratar de resaltar las similitudes entre idiomas más que sus diferencias. Ahí está el famoso (y poco afortunado) pasaje en el que Chomsky dice que unos hipotéticos científicos marcianos concluirían que, más allá de diferencias léxicas, los terrícolas hablamos una sola lengua. Para Gibson, el nexo de unión entre las diferentes lenguas está a medio camino entre su estructura y su uso.

A veces me pregunto si tiene del todo sentido continuar con la búsqueda incesante de patrones interlingüísticos, cuando la diversidad en todos los niveles de organización lingüística es tan apabullante. Quizás no podamos llegar mucho más allá de establecer unos límites que el caos lingüístico no sobrepasa. Ya en la década de los 60, Greenberg estableció una lista de 45 universales lingüísticos. Los hay que todavía generan ávidos debates, como es la recursividad de la lengua pirahã. También hay propuestas, a modo de una tercera vía, que asocian el desarrollo de las lenguas a la evolución cultural y se distancian del determinismo biológico. No obstante, lo que es más problemático y hasta preocupante, desde mi punto de vista, es la evidencia de la que se dispone para hacer algunos de estos asertos universales.

En un importante artículo de finales de los 90, Klein situaba a la adquisición de lenguas segundas en el mapa de las disciplinas lingüísticas y reivindicaba su estatuto científico. Para apoyar sus argumentos, arremetía contra la tipología lingüística y algunos de sus supuestos universales del lenguaje. En concreto, se refiere también (como Gibson, pero en sentido contrario) al orden de las palabras que presentan las lenguas:

It is most impressive to see an author say something about 500 languages, but this is still a little share of the world’s languages, about 10% perhaps. It could be that these 10% are representative, but who would dare to say so without having had a more than casual look at the other 90%?

Aun admitiendo que es imposible tomar en consideración a todas las lenguas, parece claro que la representatividad de la muestra es importante para la validez de la aserción. Volvamos a la presentación anterior: para la primera de sus regularidades (1), Gibson se basó en 13 idiomas; para la segunda (2), en 37. No parece demasiado representativo cuando el número de lenguas es superior a 6000. Para la tercera (3), habla de porcentajes: las lenguas con el verbo en posición final de la frase presentan casos marcados morfológicamente en un 70% de la muestra, por lo que no llega a las ¾ partes de representatividad; por su parte, para las lenguas que tienen el verbo en posición media, la mayoría no tiene marcas morfológicas de caso. Se entiende que una minoría indeterminada no cumple ese patrón.

De nuevo, es cierto que Gibson se cuida al denominarlos candidatos a universal lingüístico, pero su intención es hablar de regularidades con sentido totalizador. ¿Cómo se puede ni siquiera hablar de candidatos si hay, por ejemplo, un 30% de las lenguas con verbo final que no cumple esa supuesta regularidad? En lo que respecta a los idiomas con verbo en posición media, quedarían fuera de este patrón de eficiencia el finlandés, el guaraní, el hebreo y las lenguas eslavas, entre otros.

En definitiva, estos hallazgos son un extraño candidato a universal lingüístico de la eficiencia comunicativa. Se podrá decir que esta anomalía se debe a la vulgarización de una investigación sobre el lenguaje o puede que sea por la pretensión desmedida por el impacto de los resultados obtenidos. Para mí la razón está clara: unos estándares empíricos insuficientes. Mientras que uno de sus efectos es no cumplir con unos criterios serios de investigación (aunque sea solo por una cuestión de validez, representatividad, alcance, generalización…), su consecuencia puede ser la degradación del estatuto científico de las ciencias del lenguaje.

Volveré sobre otro ejemplo de imprecisión, en este caso referido al supuesto carácter no lineal del lenguaje.

Complex dynamic systems and second language acquisition

Paper presentation at the IRAAL’s Annual Conference 2016: “Paradigm shifting in applied linguistics: new theories and new methods”. Irish Association for Applied Linguistics. Trinity College Dublin.

Generativistas y funcionalistas. El eterno debate

En una de esas perlas que no suelen abundar en la bibliografía y que, en realidad, es una cita de una cita de una cita, Elizabeth Bates dice que la corriente funcionalista en lingüística es como el protestantismo: es un grupo “of warring sects” que coincide solamente en su rechazo a la autoridad del Papa. La metáfora es de la década de los 80. Parece que no es por casualidad que no se refiera al grupo o al conjunto, es decir, a la escuela generativista (la Iglesia católica, siguiendo con la analogía), sino que prefiera centrarse en una sola figura: su Sumo Pontífice. Es suficientemente significativo.

Uno de los ejercicios más pedagógicos y maduros, al menos en sus intenciones, a los que he podido acceder en el eterno e incluso (auto)destructivo debate en lingüística es el libro What Counts as Evidence in Linguistics. Se trata de algo tan poco usual como una propuesta de diálogo –en formato de exposición, réplica y contrarréplica– entre autores funcionalistas y generativistas. Eso sí, aunque los investigadores se hayan mostrado dispuestos a la tan loable actividad del debate público, tras la lectura uno se queda con la sensación de que las posiciones siguen tan enquistadas como de costumbre. Y todo ello, con la correspondiente constatación de la fractura de la disciplina, claro está.

Hoy voy a dar un ejemplo en un sentido, pero volveré a este libro para explicar mis dudas sobre otro punto en el sentido contrario.

Tiene razón Tomasello¹ cuando dice en un capítulo del libro, por ejemplo, que cada teoría generativista incluye propiedades y rasgos lingüísticos distintos y hasta contradictorios. Si se supone que todos los rasgos que acumulan son universales, pero divergen tanto dependiendo de los autores: ¿estamos hablando de la misma cosa?, ¿es seria semejante propuesta tan poco coincidente? Parece que la anterior analogía de Elizabeth Bates se puede aplicar también al generativismo con unas pocas modificaciones. Ahora, lo importante no sería tanto la figura del Papa como las intrigas y las luchas soterradas entre cardenales generativistas.

Como en cualquier debate, ya sea entre lingüistas o en una comunidad de vecinos, la contrarréplica a Tomasello es más automática y autoafirmadora que otra cosa. Es a Wunderlich a quien le toca sufrir al implacable Tomasello. La estrategia del generativista consiste en algo tan simple como en darle la vuelta al argumento de su contrincante: no hay que confundir lo esencial; lo principal es la convergencia, lo que une a la escuela generativista, y no la diferencia. En todo caso, ante la necesidad de hacer alguna referencia a la evidencia expuesta por Tomasello, en forma de lista de rasgos lingüísticos no coincidentes en las distintas propuestas del paradigma generativista, se dice que la diferencia, en realidad, hay que verla como sinónimo de revisión, evolución, vigor, dinamismo, vitalidad… inherente a cualquier campo de conocimiento. ¿La oposición? También. Y también la contradicción. Por lo visto, en ningún momento esto afecta a la solvencia teórica del generativismo. Es una respuesta de libro, simplona pero eficiente para sus propósitos, de esas que te encuentras en cualquier debate parlamentario o entre tertulianos.

El colofón en la argumentación es la socorrida idea popperiana de la refutación y, más concretamente, la ausencia (no porque no sea posible, por supuesto) de falsificación de los postulados generativistas por parte de los funcionalistas. Poco importa el cambio de papeles y la utilización de los argumentos epistemológicos del contrario: Popper, aunque escéptico, se sitúa dentro del empirismo y era deductivista, mientras que Chomsky, que es intuicionista, se adscribe al racionalismo. En cualquier caso, la contrarréplica de Wunderlich es definitiva y deja poco margen de maniobra, porque vuelve al punto de salida: lo importante no es tanto la necesidad de una confirmación propia (generativista) como la exigencia de la refutación ajena (funcionalista). En esta ocasión, hablamos de argumentos empíricos, faltaría más.

Más allá de la anécdota, que no deja de ser una ejemplificación más de un fracaso disciplinar, los lingüistas no alineados se preguntarán qué partido tomar. Contrariamente a lo que se pueda pensar del tono de lo expuesto anteriormente, quizás una postura para salir airoso de este desbarajuste sea la de no rechazar per se la posibilidad de un modelo compuesto por principios universales, más o menos cercano a la Gramática Universal. Es la que tomo yo. Aunque seguramente peque de demasiado prudente, mis años en Canadá han tenido un efecto conciliador y, sobre todo, comprensivo en lingüística. Eso sí, su estatuto científico último puede seguir poniéndose en duda.

Queda mucho todavía por descubrir. Como dice Jackendoff (generativista), todavía no alcanzamos a saber ni cómo se produce una cosa tan simple, cognitivamente hablando, como un solo sonido, desde un punto de vista neuronal.

Decirse generativista en estos días puede ser tachado de temerario, sobre todo en Europa. Si hablamos en términos de moda, de discurso y hasta de ideología, se podría decir que esta corriente está en declive. Sin embargo, más allá de etiquetas, la lectura de este libro es, como poco, un buen antídoto contra una tendencia, a veces habitual, a la crítica fácil, superficial y sin mucho conocimiento de causa. También sirve, cómo no, para poner en práctica la mesura y el respeto al trabajo de otros.

El libro no es reciente, pero el debate no se apaga.


PD. Para equilibrar la balanza de las metáforas, ahí va una (más comedida) del otro lado (Wunderlinch): la gramática universal es un intento de acto lingüístico emancipatorio de las tradiciones filológicas, sociológicas o psicológicas.


  1. No obstante, no está en lo cierto cuando, refiriéndose a otras propiedades únicas de los humanos (suponiendo que la Gramática Universal sea una de ellas), dice que nadie ha propuesto algo parecido a la Música Universal. Pues bien, Jackendoff es coautor de un libro titulado A Generative Theory of Tonal Music. Por cierto, y ya termino, Fischer (funcionalista) califica las propuestas de Jackendoff de “watered-down version of UG”. Quizás sea aplicable a su teoría generativa de la música tonal.